viernes, 3 de julio de 2026

El triunfo de la sangre: los Mélito (Éboli) y los Saboya

La Catedrática de Historia del Arte de UNED Guadalajara, Esther Alegre Carvajal, ha abierto la última sesión del curso sobre bastardas reales con la ponencia Ilegitimidad y legitimación en el linaje de los condes de Mélito: estrategias sucesorias y poder familiar en el siglo XVI. Porque la bastardía no sólo se circunscribía al ámbito de la realeza sino también al de la nobleza y la alta aristocracia, algo que resulta una interesante radiografía del sistema demográfico de la Edad Moderna y que permite reflexionar un día más sobre las estrategias sucesorias en esa etapa.


Los bastardos hombres lo tuvieron más fácil. Era más habitual que fueran legitimados -caso de Juan y Juan José de Austria-. El sistema demográfico era caprichoso: a unos les enviaba a la gloria y a otras, a conventos o matrimonios infelices.

"La existencia de bastardos era tan habitual como para conversar sobre la conveniencia o no de exhibirlo", ha dicho Alegre al inicio de su intervención. La ha abierto con Diego de Silva Mendoza, hijo de la princesa de Éboli, ejemplo de una vida sentimental "agitada".

Diego tuvo hijos ilegítimos pero no hubo "desentendimiento de ellos", sino "acogimiento". La princesa se ofreció a criarlos como se desprende de algunas cartas entre madre e hijo, que ha citado Alegre. "Ella conocía muy bien el valor de los hijos bastardos", ya que "con seguridad había escuchado a su abuela, doña Ana de la Cerda, I condesa de Mélito, contar cómo un hijo natural legitimado le habría arrebatado a su padre y, por tanto, a ella misma, los derechos a la sucesión del Gran Ducado de Medinaceli".

En este punto, Alegre ha compartido un árbol genealógico de este Ducado, que muestra cómo la heredera natural, Leonor de la Cerda, y Rodrigo Díaz de Vivar, aún niños, son comprometidos en matrimonio, y cómo "no se siguió la línea legítima sino la del bastardo legitimado", Juan de la Cerda, II Duque de Medinaceli, que fue fruto de una relación del I Duque de Medinaceli, Luis de la Cerda, con su amante, Catalina Vique de Orejón.  

La "virtud" en las venas

La sangre era entendida como "un elemento moral", ha afirmado Alegre, pero sobre todo, "jurídico y social, que vinculaba el origen familiar a la genealogía". Todo ello generará una polémica a lo largo del siglo XVI y hará preguntarse: ¿quién transmite la nobleza realmente a través de su sangre, las mujeres o los hombres?¿quién tenía más pureza de sangre en este sentido? En cualquier caso, la sangre fue, de alguna manera, un elemento que justificaba la legitimación. Un contenedor de "la virtud" y del honor.

A diferencia de los Mélito, a lo largo de los siglos XV y XVI dentro de la familia Mendoza, no hubo problemas de sucesión legítima. "Todo el poderoso bloque Mendoza pudo estructurarse en torno a sus siete hijos varones y sus hijas, que multiplican el número de linajes y de miembros de la familia sin grandes incertidumbres con respecto a las primogenituras", ha explicado. Habrá que esperar a finales del siglo XVI para que no haya descendencia de varón en el ducado del Infantado y que sea una mujer, Ana de Mendoza, la duquesa propietaria. 

El Marqués de Santillana tuvo también una bastarda, Leonor de la Vega, que terminó profesando en Guadalajara. El Marqués de Cenete, hijo del Gran Cardenal, tuvo otra hija bastarda, Ana de Mendoza. El Cardenal González de Mendoza no quedó al margen de este fenómeno y, aunque no hay nada probado, los rumores históricos y algunos estudios genealógicos apuntan a que pudo tener varios hijos bastardos.

No es igual ser bastardo que bastarda

Los casos presentados permiten fijarse en cuestiones interesantes como la diferencia entre bastardos y bastardas. En el caso de los primeros, "su único camino es el reconocimiento o legitimación y si no, la invisibilidad y el olvido"; en el caso de las bastardas, "podemos pensar que el convento fue su lugar natural pero es una idea absolutamente mediatizada por los juicios morales decimonónicos que arrastramos todavía hoy sin que nos demos cuenta", ha señalado Alegre.

En el caso de las bastardas, el proceso jurídico para legitimarlas "se produce rara vez". Su casamiento produce "por sí mismo la legitimación", aunque no hay nómina suficiente para que podamos decir si las hijas naturales tenían como destino mayoritario el convento o el matrimonio. En cualquier caso, ellas siempre "eran un valor", ha defendido Alegre.

Los Mendoza fueron "diferentes"

En el caso de los Mendoza se produce una diferencia que merece una profunda reflexión. La cuestión de la bastardía se entendió de forma diferente. "En los casos de finales del siglo XV y principios del XVI, los del marqués de Cenete y el Gran Cardenal, la intención era llevarlas a un convento más o menos cercano. Pero en el ultimo cuarto del siglo XVI, las bastardas habían adquirido un valor para los linajes que las sitúan en contextos mucho más complejos", ha explicado la historiadora pastranera.

En este sentido, y tomando los ejemplos conocidos de la familia Mendoza, "podemos afirmar lo contrario: se tomó una actitud preferente con las hijas bastardas a las que se propició una vida pública". Los condes de Tendilla hicieron lo propio con su ilegítima, María.  

"Me atrevo a afirmar que a excepción de la línea de los condes de Coruña, que envió a todas las bastardas a conventos; no fue ésta la opción escogida por los Mendoza", ha explicado Alegre.


Isabel, la hermanastra de la princesa de Éboli

En toda esta historia, el caso de Isabel de Mendoza es "paradigmático", ha dicho Alegre. Hermanastra de la princesa de Éboli, fue una mujer "absolutamente oculta hasta hace ocho o diez años".

Nace secretamente en Madrid, siendo bastarda de Diego Hurtado de Mendoza, II Conde de Mélito, fruto de sus amoríos esporádicos con la joven aristócrata Luisa de la Cerda. Isabel "fue acogida en el círculo familiar del padre, recibió inmediatamente el apellido Mendoza, pasó toda su niñez en Toledo y fue educada por su tía soltera, María". 

Frecuentaría el Palacio Ducal de Pastrana, donde tuvo relación con Santa Teresa de Jesús. La relación con su hermanastra, la princesa de Éboli, fue muy importante. Lo prueba el hecho de que "en su primer testamento, Isabel la nombra albacea y heredera", describiéndola como "mi verdadera madre", ha precisado Alegre. 

Isabel fue casada con el mariscal de Alcalá Diego Bermuy y Barba, lo que le reportó "un matrimonio de posibilidades". Sus hijos continuaron tratando de ennoblecerse llegando a lograr el título de marqueses de Benamejí. 

Para este final feliz fue clave "la no ocultación" de Isabel por parte de su familia paterna. "Su padre no la legitimó pero sí acreditó su nobleza regalándole un arnés dorado y grabado de la familia, objeto joya que verifica su ascendencia ilustre y lleva el escudo Mendoza".


Los Saboya, una doble ilegitimidad

La profesora italiana de Historia modernista Blythe Alice Raviola ha cerrado el curso sobre bastardas reales y nobles con una conferencia titulada Dos casos de ilegitimidad femenina en el ducado de Saboya: Matilde de Saboya, hija natural del duque Manuel Filiberto y la noble Beatrice Langosco Martinengo.

Su intervención ha continuado situando a los asistentes al curso en el ámbito de la alta nobleza, siguiendo la línea abierta por la profesora Alegre Carvajal, pero centrándose en la figura de una madre -Beatrice Langosco- y una hija -Matilde-, vidas entrelazadas prácticamente hasta el final.

Beatrice, casada con Francesco Martinengo, era una mujer cortesana, "ligera", que mantuvo una relación muy duradera con el duque Manuel Filiberto de Saboya, con quien tuvo dos hijas -Matilde y Beatrice- y un hijo, Amedeo. 

La intervención de la profesora Raviola ha empezado dando algunos datos del esposo de Beatrice, el capitán Martinengo. Una boda "estratégica" que para Beatrice fue "desestabilizadora" y la dio varios hijos varones. Para ella, tener estos hijos y a la vez, dos hijas ilegítimas con el duque Manuel Filiberto, fue un quebradero de cabeza: ¿qué condición económica tendrían estas mujeres?

Matilde tuvo bastante suerte, ya que su hermanastro Carlos Manuel I, hijo legítimo del duque de Saboya, la aceptó y la quiso mucho y la protegió concediéndola el Marquesado de Pianezza. Tanto Beatrice como Matilde habitaron en el Palacio Real de Turín, "es decir, que estaban en la corte", aunque sus últimos días se sitúan en el Palacio de la familia Martinengo en Bérgamo.

La profesora también ha citado los testamentos de Beatrice, que son fuentes "riquísimas" que ayudan a entender la historia. Matilde fue nombrada en el último, donde Beatrice la deja 2.000 escudos como dote. El dinero se usará en su boda con el filo-francés Claude Simiane d´Albigny, que diseña Carlos Manuel I.

Matilde tendría un "papel político" importante en el marquesado de Saluzzo, ya que actuó en cierta forma como diplomática 'en la sombra' para que el ducado de Saboya no perdiera su joya más preciada.

Además, se sabe que tuvo varias propiedades, algunas junto a su hermana Beatrice. Cartas examinadas por la profesora Raviola demuestran que Matilde estuvo bien protegida en este sentido. Tuvo un hijo, el III Marqués de Pianezza -al que dejó bien situado al casarle con Giovanna Arborio di Gattinara-, enviudó y terminó sus días fundando conventos y capillas, como el Monasterio de la Visitación de Turín.

Con la muerte de Carlos Manuel I en 1630, Matilde de Saboya perdería no sólo a su querido hermanastro sino también a su gran apoyo. Ella moriría unos años después, en 1639. "Desde hija ilegítima y objeto de cotilleo para historiadores, se convirtió en una mujer legitimada y respetada en la corte de Turín y creo que eso es lo fundamental", ha concluido la profesora Raviola.

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