El psicólogo Arun Mansukhani, especialista en Psicología Clínica, ha sido el encargado de abrir la segunda jornada del curso de verano de UNED Guadalajara que se está dedicando al abordaje clínico del trauma desde una perspectiva que integra el enfoque neuropsicológico, la regulación emocional y el apego. Mansukhani ha centrado su intervención en reflexionar, concretamente, sobre los retos que existen a la hora de valorar y afrontar el trauma con la conferencia Entre la negación y la sobrevaloración. Desafíos en la evaluación y en el tratamiento del trauma.
A modo de introducción, ha recordado la figura del francés Jean-Martin Charcot y su percepción "orgánica" de la salud mental. Consiguió llamar la atención de personalidades tan conocidas como Freud, Janet y Breuer acerca de la enfermedad mental (histeria) al defender que ésta era causada por un trauma psicológico, frecuentemente un abuso sexual, y que éste a su vez, era responsable de provocar un estado alterado de la conciencia, acompañado de síntomas físicos diversos.
Freud renunciaría al trauma y cambia su concepto original: "para él, empieza a ser el resultado de la frustración de la fantasía". A partir de 1910, prácticamente no se publica ningún trabajo relevante respecto a disociación y trauma, salvo alguna excepción como Charles Myers, que crea sin mucho éxito en 1915 el concepto shell shock, la neurosis de guerra, cuyo síntomas eran la amnesia, el mareo, la fatiga, la ansiedad, el ánimo deprimido y el mutismo, entre otros.
La guerra del Vietnam fue el hecho histórico que consigue que el concepto de trauma reaparezca, hablando incluso de trastorno extremo (estrés postraumático) y "empieza a reconocerse como un problema", ha afirmado Mansuhkani. "Hay casos de personas dañadas, con síntomas, y se comprueba que este tipo de personas tienen una atrofia del hipocampo". Ya no se puede hablar de debilidad de carácter, por tanto. De manera simultánea, aparecen tratamientos y estudios que "relacionan el trauma con la salud mental". Volvemos, pues, al punto inicial.
Disociación y recuerdos
A lo largo de la Humanidad el trauma ocurre, sobre todo, en espacios interpersonales íntimos. Un 58% de mujeres son asesinadas por su pareja o familia y el 35%, ha sufrido violencia física o sexual. La visión del trauma gira no sólo en torno a la muerte sino también, a los abusos y la violencia física. Y en este punto, Mansuhkani ha hablado sobre la memoria: ¿Cómo se recuerdan los abusos?¿hay fiabilidad, se recuerda todo, qué tipo de recuerdos se generan, hay una ubicación real en el tiempo, hay disociación?
En este sentido, el psicoterapeuta se ha referido a dos autoras, Elisabeth Loftus y Jennifer J. Freid, autoras de The myth of repressed memory y de Betrayal Trauma, respectivamente. "Lo que está demostrado es que la disociación es mayor en personas que han sufrido abusos y si el perpetrador es figura de apego, de poder o autoridad y los eventos ocurren fuera de la realidad validada social o familiarmente", ha explicado.
No se puede deshacer lo que pasó, aunque la mente intente hacerlo. Y esta disociación también entiende de clases:
- disociación peritraumática: fragmentación de la memoria.
- disociación estructural: amnesia disociativa, fragmentación del yo.
- modelo BASK: estrategias defensivas, como negación o idealización y minimización, y la lógica del trance, que es cuando se almacena información contradictoria, llevando a la pérdida del análisis crítico y la aceptación de información, emociones y comportamientos contradictorios.
Entre los cambios que puede producir el trauma figura el estrés, que afecta a la microbiota intestinal, al cerebro (de forma estructural y funcional) y a los neurotransmisores, como el cortisol (o no está regulado o aparece más bajo de lo normal).
El trauma, en la actualidad
El trauma, hoy, sigue siendo hoy una respuesta, "un mecanismo de neurocepción, una desregulación de baja intensidad persistente", lo ha descrito el conferenciante. Las personas que han sufrido traumas tienen con más frecuencia estos "estados de desregulación", que conllevan además una serie de cambios: "dejamos de ser nosotros, de pensar con claridad, nuestra percepción se ve alterada". Es devastador: un solo acontecimiento puede afectar la estructura mental.
Para que haya trauma, "tenemos que pensar que el cerebro ha percibido peligro en algún momento" y ante una agresión, hay múltiples respuestas: defensa (lucha, huida o colapso y muerte fingida), evitación de parásitos (asco, repulsión...), afiliación o rango (dominancia, agrado, colaboración o sumisión) y apego (búsqueda de esta figura de protección, llanto, desconexión emocional y distanciamiento). El apego es "el más importante", ha resaltado porque "es el gran regulador y puede anular a otros sistemas de supervivencia, como el asco y el miedo".
Existen seis causas de autoconcepto negativo por parte de los supervivientes de trauma:
- Mayor control es igual a más seguridad.
- Culparse, sentimiento que logra preservar precisamente apego al perpetrador.
- La sensación de ser usada o usado, carecer de valor.
- El asco, que lleva a la ocultación y al aislamiento.
- La benevolencia del mundo.
- El pensamiento egocéntrico (ocurre hasta 7-11 años).
Realizar un diagnóstico de estrés postraumático "es complejo", ha admitido Mansukhani. "Sabemos trabajar con el trauma pero no reconocer las defensas y nuestro intento de llevar a la persona a que recuerde y procese puede tener el efecto contrario. Por eso, es importante reconocer y conocer cuáles son esas defensas".
También hay que evitar sólo quedarse en el presente y, al revés, no prestarle suficiente atención a la situación actual del paciente. "Es importante analizar los episodios que verdaderamente le siguen afectando en el presente, no hacer solamente una arqueología del pasado".
¿Dónde tiene lugar el trabajo en terapia? "Pensamos que lo importante es aprender a reconocer en el paciente su nivel de regulación y desregulación y ayudarle en el proceso de procesamiento". Al mismo tiempo, es un error "pensar que todo es trauma", es decir, "sobrepatologizar" o "negar el trauma" o "favorecer una explicación que gire sólo en el trauma" porque "hay que seguir adelante, no podemos dejar a la gente atascada en el trauma".
Cuidarnos a nosotros mismos
La segunda ponencia de la jornada se ha desarrollado bajo el título Apego y trauma: el trauma relacional y su abordaje desde la compasión, a cargo del profesor de la UNED, Félix Hernández Lemes, Psicólogo General Sanitario.
Nuestra mente fue moldeada para sobrevivir, no para ser feliz. Es un diseño evolutivo, no un fracaso personal. Existe, además, una anatomía de la aceptación, que enseña que cuando luchamos, nuestro impulso natural es rechazar esa lucha y tensar el cuerpo, magnificando el dolor; por el contrario, con el músculo relajado, la inyección duele pero se acepta.
El iceberg clínico muestra, además, que aunque los motivos de consulta sean la ansiedad o la fibromialgia y la depresión, los problemas reales son vínculos de apego rotos, un dolor silenciado o las experiencias infantiles adversas (ACEs). Hernández ha citado, en este punto, a Peter Levine que dice que "el trauma no deriva del evento sino de la energía biológica que quedó atrapada porque no pudimos completar nuestras respuestas naturales al peligro". Es decir, que "el trauma no fue lo que te pasó sino que tú no pudiste terminar de reaccionar".
El trauma no está en la mente, está en el cuerpo. Caminamos por la vida entumecidos, sin estar presentes, con el sistema nervioso congelados y a menudo, olvidamos cómo salir de ese estado. Esas señales físicas son, en realidad, lecturas mentales.
El yo y los otros
Respecto al apego, ese estar presente para los hijos, garantizando que se sientan seguros, vistos, consolados y a salvo, Hernández ha dicho que "es la herramienta más poderosa" para moldear su cerebro. Y en este sentido, es importante distinguir entre el modelo del yo -basado en si yo me percibo con alguien digno de amor- y el modelo de los otros basado en si las personas de autoridad se perciben como modelos.
El apego es también regulación biológica. Y las emociones son la expresión directa de más alto nivel de bio-regulación. No sólo es vínculo afectivo.
Las dos herramientas de supervivencia emocional serían la auto-regulación propia (capacidad del cerebro para calmar la propia amígdala cuando estamos solo o bajo estrés) y la regulación interactiva, donde acudimos al otro para corregir nuestro sistema nervioso compartiendo la carga emocional.
Teniendo en cuenta todo ello, se distingue entre la persona evitativa-despreocupada, la persona segura, la desorganizada y la ansiosa.
Sentir para sanar
Félix Hernández ha abrazado como definición de trauma la que describe la psicóloga española Begoña Aznárez como una "herida resultante de verse obligado a silenciar, negar e incluso disociar experiencias que debieron ser compartidas y legitimadas para adquirir un significado adaptativo".
El trauma relacional surge cuando los cuidadores no brindan seguridad, obligando al menor "a cargar con responsabilidades que no les corresponden". Por cada caso de trauma simple, la clínica moderna enfrenta un centenar de casos de trauma relacional temprano. Que una madre no esté disponible y el niño o niña se sienta siempre solo o que en el colegio le den de lado de manera recurrente son dos ejemplos de trauma relacional.
Este trauma relacional temprano se puede explicar con un análisis de la arquitectura cerebral: "Las conexiones neuronales se construyen exclusivamente a través de la relación (la mirada, la voz, el tacto)", ha afirmado. Si un niño experimenta algo terrible pero sus cuidadores lo sostienen, lo validan y asumen el control, el sistema nervioso del niño se regula. Si los cuidadores reaccionan con ira, el niño no tiene otras formas de ver el mundo e interioriza la amenaza como un defecto suyo.
Según Hernández Lemes, "no podemos sanar lo que no podemos sentir" y "al no poder pensar el trauma, lo viven los órganos. La somatización es el lenguaje de emergencia que el organismo emplea cuando la palabra ha sido silenciada por el sistema relacional".
Uno de los trabajos que se hace en terapia es, precisamente, poner nombre a lo que está sucediendo y validarlo, "lo que permite devolver la historia procesada". Desde el punto de vista de la reparación clínica, "tenemos que desconectar para reconectar", ha señalado el psicólogo. Somos "la chica del cable, reseteamos el cerebro y reconectamos al paciente en un entorno de seguridad y validación". Es verdad que "el trauma duele" pero "tiene que doler para sanar".
El profesor de la UNED también ha hablado de la anatomía de la disociación, donde el trauma no sólo es el evento sino también la fragmentación de la experiencia (a veces ocurre que el cerebro no tiene acceso a una historia coherente que contar).
La disociación en el momento del trauma es el predictor principal para el desarrollo posterior de trastorno de estrés postraumático. En el postrauma hay falta de apoyo social, estrategias de evitación y rumiación y estresores vitales secundarios o respuestas negativas del entorno. Ese postrauma es la fase 3 que se une a la fase inicial, pre-trauma, y la fase 2, el peri-trauma.
También ha querido prestar atención el profesor Hernández Lemes al "mito del niño-a bueno". Detrás de este comportamiento, suele haber un mecanismo para evitar el dolor, la soledad, el desamparo o la sensación de pérdida de amor.
La valentía de la compasión
En la última parte de la conferencia, se ha analizado el concepto de compasión. "No es la ausencia de sufrimiento sino la valentía de mirar a los ojos y afrontar". El sufrimiento primario es inevitable y es consustancial a la naturaleza humana pero existe otro secundario, que sí es evitable. Y como técnica, es completamente válida la autocompasión, esto es, preguntarse qué necesito yo para ser feliz y buscar la conexión con los otros. "La autocompasión se basa en una relación amable con uno mismo, busca cuidarse y darse afecto".
La compasión no es una emoción pasiva sino un motivo biológico que opera mediante un circuito de estímulo-respuesta. La terapia centrada en la compasión, entendiendo que nuestra mente es complicada y nuestro cerebro es viejo y nuevo a la vez, moviéndose entre el miedo y la fantasía, es una terapia que trabaja el desajuste cognición-emoción (sé que el trauma no es mi culpa pero sigo sintiendo que soy un fracaso). La terapia de la compasión es "el puente entre lo que el paciencia piensa y lo que siente", ha resumido.
El problema es que para los que han sobrevivido un trauma complejo a menudo tienen un vacío profundo, una falta de experiencia vivida de recibir compasión. Y ésta es completamente reparadora. "La compasión es la suma de la sensibilidad y la motivación". Con la primera, conseguimos involucrarnos; con la segunda, se toman medidas concretas y estratégicas para manejar el sufrimiento.
En todo caso, antes de ofrecer este tratamiento para el trauma hay que construir recursos para dar estabilidad al paciente. Y después, ayudarle a tolerar las emociones. "No es intentar conseguir una catarsis" sino "conseguir que pueda experimentar emociones sin tener miedo de ellas". Entre las herramientas de intervención figuran los ritmos de respiración calmante y la visualización del lugar seguro.
El elemento nuclear de la compasión es la figura de apego. Es por eso que el cierre de la conferencia ha sido un ejercicio introspectivo guiado que ha permitido a los asistentes al curso conocer las herramientas necesarias para convertirse, cada uno, en sus propias figuras de apego y la lectura de My self-compassion manifesto de Ana María Sáenz Velásquez, que defiende "darse permiso a uno mismo para cerrar los ojos y ponerse la mano en el corazón".



.png)
No hay comentarios:
Publicar un comentario