La conferencia de clausura ha sido impartida por la psicóloga Mar Sánchez Rúa, de Psicosalud Alcalá, que ha explicado en qué consiste la terapia EMDR en traumas, la disociación, la intervención en partes, estados del yo y el trauma complejo.
Javier tiene 44 años, pareja, amigos, hace deporte... una vida en principio funcional. Sin embargo, lleva 12 años en terapia cognitivo conductual, tiene dificultades para sostener una relación de pareja y fallos en memoria. Continúa despertándose de madrugada de repente, con el corazón acelerado y tiene la esperanza erosionada: siente que hay algo en él que no va a cambiar.
Javier ha servido de marco clínico para arrancar la intervención de Sánchez Rúa: por qué hay pacientes con trauma complejo que no responden a tratamientos con respaldo empírico sólido, incluyendo el EMDR. Lo explica la disociación estructural, que impide llegar al fondo porque genera resistencias. Y para poder comprender esto hay que hablar de tres ejes: el trauma complejo, la disociación y la integración clínica (la terapia de partes, EMDR).
El trauma complejo requiere "otra mirada", ha señalado la psicóloga. La tendencia habitual es tratarlo como un trastorno de estrés postraumático (TEPT), aunque más intenso, y responder "con más de lo mismo". Lo que dice la investigación es, sin embargo, que es "cualitativamente distinto" al TEPT y que requiere un marco propio".
Sí es verdad que su origen es el TEPT. El primer diagnóstico se realiza en 1980 y se trata de un trauma delimitado porque no captura a pacientes con traumas crónicos y tempranos. En 1992, la psiquiatra Herman habló por primera vez del trauma complejo y de un cuadro que no lograba recoger el TEPT, como desregulación emocional compleja, relaciones dañadas e identidad construida con culpa y vergüenza. En 2017, la evidencia científica confirmó que hay una estructura distinta y es en 2018 cuando la OMS hace un diagnóstico oficial.
Los datos que cambiaron la pregunta fueron los que arrojó el estudio ACE, una investigación de 1998 en la que participaron 17.000 adultos: 2/3 habían vivido al menos una experiencia adversa significativa en la infancia y 1 de cada 5, había experimentado tres o más.
La disociación y sus formas
Cuándo ocurre el trauma temprano es determinante. Si lo hace sobre una estructura ya formada desorganiza lo que existía. Si se produce durante la construcción, moldea el cerebro. Se sabe que en desarrollo, el trauma incide en el cerebro, en el sistema nervioso -en alarma-, provoca vergüenza (enseña que uno mismo es la causa del peligro) y divide la mente (la experiencia desborda al sistema). Existen dos patrones distintos: de hiperactivación y patrón disociativo.
"¿Por qué se quedan cortos los tratamientos habituales?", se ha preguntado la experta. La razón de fondo es "porque asumen una estructura psicológica integrada que aún no existe" porque "hay partes de ti que entienden el cambio como una amenaza". Por eso, hay que hablar de disociación, "la interrupción en la integración normal de aspectos de la experiencia que deberían estar conectados entre sí", ha señalado Sánchez Rúa. La disociación desconecta "la conciencia, la memoria, la identidad, la emoción, la percepción, la conducta y el sentido de sí".La disociación "no es una avería; es todo lo contrario, una respuesta porque nos permite solucionar situaciones que son muy intensas para nosotros", ha reconocido. Tampoco es un "disruptor".
Existe una disociación leve, que puede ocurrir de forma cotidiana; la intermedia, que no implica patología grave pero sí despersonalización y desrealización, y la estructural, que puede llevar a la pérdida de memoria, estados diferenciados o al trastorno de personalidad múltiple.
Entre la normalidad y la emoción
La experta ha hablado entonces de la teoría de la disociación estructural: tiene una parte aparentemente normal (PAN), más orientada a la vida cotidiana, y otra parte emocional (PE), que se fija en el momento traumático, como si estuviéramos enquistados y responde bajo defensas. Es la parte que se activa en Javier (nuestro paciente) cuando se enamora. La PAN tira hacia adelante y la PE, hacia el pasado, generando "una brecha". En un trauma complejo severo puede haber "múltiples partes emocionales". Una enganchada a la rabia, otra al colapso, otra a la vergüenza y otra, "que nos engancha a nuestro niño de 8 años, aunque tengas 44", ha contado Sánchez Rúa.
La psicóloga ha abordado también la neurobiología de la disociación. La biología del cuerpo cambia según qué parte tiene el control. En el mismo cuerpo puede haber configuraciones funcionales radicalmente distintas. Es decir, una misma piel puede tener reacciones alérgicas y no tenerlas; los temblores se pueden activar según se codifique una señal u otra.
Entonces, ¿cómo detectar la disociación en consulta? Algunas pistas son "un cambio en la voz unas risas nerviosas mientras cuentan su experiencia o una desconexión en su narrativa", ha enumerado. Para detectarlos, se usan instrumentos como el DES, el SDQ-20 y el MID.
Estados del yo, trabajo con partes
En este punto, la psicóloga ha introducido el concepto estado del yo, "patrones de respuesta que se organizaron en un momento concreto de nuestra historia y que siguen activos hoy" y que resultan "versiones de nosotros que se bloquean en contextos concretos".
Ha citado el modelo IFS de Schwartz, que observó en pacientes con traumas y que refiere presencias internas diferenciadas, partes, patrones o subpersonalidades que pese a existir en el mismo individuo y tener lógica y función, pueden ser comprendidos y trabajados de forma sistemática.
Este modelo tiene tres grupos de subpersonalidades: los exiliados (la parte más sensible, que recuerda el dolor), los gestores (mantienen el control para que los anteriores no emerjan a través del perfeccionismo, la hiperresponsabilidad o la desconexión emocional) y los bomberos (respuestas de emergencia que protegen al sistema cuando el dolor amenaza con desbordarse a través de métodos más drásticos como conductas impulsivas, consumo de sustancias, explosiones de rabia, autolesiones o disociación intensa).
En cualquier caso, "antes de intervenir sobre el trauma, necesitamos saber con qué estado del yo estamos hablando", ha dicho, porque "si intervenimos a ciegas" podemos "interpretar la resistencia como falta de motivación". Sin este 'mapeo', ningún tratamiento alcanza la profundidad del sistema, "por bien conducido que esté".
El EMDR
En su parte final, Sánchez Rúa ha explicado qué es el EMDR, que consiste en el procesamiento adaptativo de la información (PAI). Es una terapia basada en la estimulación bilateral -ocular, auditiva o táctil- y que actúa sobre varios mecanismos a la vez. Operan a la vez la memoria de trabajo, que provoca que se repartan mis recursos cognitivos, el sueño REM (integración profunda) y se genera una conciencia corporal y temporal (eso fue entonces, ya no ahora).
El procesamiento EMDR produce cambios medibles en la actividad cerebral, coherentes con la integración adaptativa del recuerdo. "Es necesario estabilizar al paciente para procesar de forma segura. Si se procesa sin estabilizar con disociación no identificada puede desbordarse en algo peor como una disociación más profunda, un bucle de pensamiento o una inundación emocional", ha afirmado la psicoterapeuta.
El criterio clínico a seguir es, a su juicio, "la ventana de tolerancia". Dentro de esa "ventana" el sistema nervioso "puede procesar sin desbordarse". Sucede que fuera de ella, la corteza prefrontal se desconecta (hiperactivación) o el sistema se desconecta y el procesamiento se bloquea (hipoactivación/disociación).
Volviendo al cuadro clínico de Javier, si no hubiera habido un trabajo previo estabilizador, se hubiera erosionado la esperanza, bloqueado el pensamiento y se hubiera confirmado su idea de que "no puedo sanar".
Estados protectores
El trabajo comienza antes del procesamiento y de la mano de los estados protectores. Se trata de un "abordaje progresivo", que defienden las psicoterapeutas González y Mosquera, y que se basa en la psicoeducación (reconocer sus propios estados y su lógica protectora), la comunicación interna (diálogo entre la PAN y los estados protectores) y los recursos de regulación (accesibles a todos los estados).
En el trabajo con partes también es importante el concepto de self, que puede actuar como presencia reguladora interna durante el procesamiento. Sostiene los estados que emergen y ofrece la presencia que faltó en el trauma original.
¿Cómo se vio todo esto con Javier, nuestro paciente? Había versiones de sí mismo distintas que tomaban el control en diferentes estados. Había tres estados, tres lógicas y tres historias, por tanto. En el trabajo, era inteligentísimo pero nunca se sentía suficiente; en lo íntimo, en un contexto romántico, vivía todo con tanta intensidad que se volvía vulnerable y tenía pánico que volvieran a abandonarle; y en la noche, de madrugada se encendía un sistema de alerta para evitar el ataque.
En este sentido, se actuó en "la parte controladora más activa" y una vez desbloqueada esa parte, se pudo trabajar y demostrar que Javier tenía más opciones que el miedo. "Cuando todas las partes emocionales estuvieron en la consulta, nos pusimos a trabajar", ha concluido Sánchez Rúa. El resultado "no fue dramático ni instantáneo sino de una belleza infinita".







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